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Mostrando entradas de junio, 2013

Des-tierra

A doscientos de kilómetros de casa donde el horizonte es eterno, la humedad se adentra en los huesos y el brillo de la llanura palpita, se encuentran dos nubes que de vez en cuando dan sombra y otras veces lloran. No conocen la distancia ni sienten el olvido porque ellas siempre están en casa. Charlan con el cemento y cambian de forma para alegrar a las plantaciones. Pero son solo dos nubes y están solas por eso de vez en cuando dan sombra y otras veces lloran.

Congoja crepuscular

Unas gomitas un par de soles todos apilados  sobre la mesa en el jardín al fondo  una duda común entre amigos destroza los pequeños chocolates con una guitarra y la voz de un hombre afina placeres de bocas tristes y días nublados.

Fiebre de domingo por la tarde

No te preocupes si está nublado hoy el sol puede salir en la esquina, acá o en el infinito. ¿Vas a sonreír cuando lo veas en la vereda? Mirá que él te va a estar esperando, no hay mas árboles ni hojas que te lo oculten, hoy podés verlo, hoy podés.

Dolor de ciudad

El paisaje de la ciudad me inunda con rostros que desaparecen.  Me inserto en una rutina de olvidar caras al paso  mientras pido que solo una de ellas quede en mi memoria,  que perdure por los tiempos. ¿Cuántas veces nos habremos cruzado antes de conocernos? Esquivo los cordones,  líneas de baldosas y semáforos  -de nuevo siento esa necesidad de irme-.  Irme más allá,  lejos,  donde el sol no me alcance  o el viento no me despeine. Miro hacia la derecha y nada pasa,  giro a mi izquierda  solo veo malabaristas de maletines y ciclistas del tiempo  que solo buscan llegar rápido a la rutina. Decidí no pisar más acá,  irme al norte,  al sur,  a donde no sale el sol y pueda ver el atardecer todo el tiempo. ¿Nos reconoceremos en el horizonte?

Lluvia viajera

Cada gota es un poema para el desolado que ni aún corrompido se despide de sus sueños. Se traicionan como en viento  cambian de dirección sin motivo huyen y nadie las puede encontrar entre tantos paraguas entre tanta gente. El seco comienza el fin se miran a los ojos nada pendiente entre ellos. Sonrisa de por medio, el silencio. Las gotas caen por su cara -espero no esté llorando,                                            todo estaría perdido- En el subsuelo del bar calentamos al silencio con té. Un hombre de esos de traje está en la esquina apoyado en el farol nos da aviso y un barquito de papel nos guía a través del mundo.