Raspón del 24
Llegando a los 30 encuentro la lista que escribí a los 20, una enumeración de cosas que hice y otras por hacer.
Llegando a los 30, encuentro la felicidad en el mate de la mañana, en los abrazos que reparto discrecionalmente, en las cosas que elijo decir o callar.
Podría estar toda la tarde chequeando la lista, pero todavía tengo que regar las margaritas que heredé de mí abuelo, probablemente ya quemadas por el sol, y también abrir las ventanas para ver si entra alguna idea aparte de calor.
A su vez, las cosas en la casa siguen igual: los platos, la cama, el techo. Todo sigue dónde debe estar salvo las anécdotas.
Perdón, pero te recuerdo que soy de esos que recuerdan su primer asado, allá por 2005 y un padre contento.
Soy de esos que en su momento romantizaron jugar con soldaditos, palos y piedras porque era lo que había aparte de imaginación, y hoy usan su imaginación para dejar de pensar en tirarle palos y piedras a los soldaditos que cuidan a los que nos hicieron mierda.
Soy de esos que se instruyeron para cambiar su principal destino, de esos que cree que los sueños no caen del cielo y que los mismos ganan gestionando condiciones.
A los 30 no cumplí la lista que escribí a los 20. Empecé bonito y terminé cargado de sentido, cómo a los 20 y cómo a los 30.